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RAÚL MEJIA 787
     
787-1 Guiones Trayectoria
  ENTREVISTA TRAYECTORIA  
 
   
 

LA BANDA DEL SUETERCITO ROSA

(ENSAYO)

 
 

 

Vi el artículo en un periódico en línea: “Encuentro cara a cara con un oso. ¿Qué hacer?”.

Creo los editores deben cuidar más los textos que importan y luego insertan en los diarios. ¿A quién se le puede aparecer un oso? Es una información importante, pero la posibilidad de encontrarme con un animalejo de esos es remota en extremo. Es más: sólo los he visto en jaulas y eso me da tristeza pero poco se puede hacer. Por supuesto, no me sumaría a una marcha en pro de la libertad de esos plantígrados. ¿Se imaginan la noche de su liberación? El zoológico abre las puertas y los ositos salen todos sacados de onda.

Pero bueno, si usted se encuentra un oso, lo mejor es mantener la calma (ajá), no verlo a los ojos y aparentar que se es de una talla mayor (alzar los brazos -supongo) y si eso no funciona, corra. Sinceramente, lo de correr yo lo pondría en primer lugar, aunque, si un oso va atrás de usted, lo más seguro es rezar e ir entregado los tenis.

Pero el artículo me dejó reflexivo: me quedé pensando en las ocasiones de peligro vividas en los últimos diez años. Dejo de lado los enfrentamientos con maleantes (todos resueltos con solvencia) o la terrible experiencia con una cucaracha voladora (experiencia aterradora si las hay) y caigo en la cuenta de algo mantenido en secreto por muchos años.

Yo vivía en una comarca llamada Banús. Un lugar muy lejano en el municipio de Morelia. Todo era felicidad. Cada mañana me levantaba con una frase budista de aliviane profundo (pero superficial) y me iba en pos de la chuleta. Ocho horas después regresaba contento, relajado.

Un buen día, en casa, me dijeron: “Estás muy panzón. Ponte a hacer ejercicio” y obedecí. Me puse mi outfit de corredor y salí a la campiña… fue la primera vez que vi al torvo sujeto ataviado con su ridículo suéter de tono rosa pálido, larga cabellera que casi le cubría los ojos y mirada plena de desdén. Ya lo había visto antes y era obvio: nunca seríamos amigos cercanos… ni lejanos. Fue de esas antipatías automáticas. Prudente, opté por la indiferencia, aunque sabía de sus andanzas.

El sujeto en cuestión lideraba una secta de rufianes conocida como “la banda del suetercito rosa” y ya había antecedentes de sus fechorías. Aun así, decidí salir a hacer jogging por los alrededores de la zona. A lo lejos los vi haciendo lo de siempre: perder el tiempo en los trigales y molestando al personal.

Pensé en dos buenos amigos de aspecto intimidante y nobles sentimientos: Martínez y Ramírez. ¿Alguien puede dudar de la bonhomía de otro gigante llamado Poncho? ¿Cómo dudar de la honestidad y fresés de Lola y la distinción de Cuca? Tienen todo para ser malditos y malditas y no lo son… pero la banda del suetercito rosa era otra cosa y ese día estaban decididos a hacerme temblar… como si me topase con un oso.

Y sí.

Apenas llegué sudoroso a la entrada de Banús, ahí estaba la banda y su líder con ganas de fastidiar. En estos casos, lo mejor es cambiar de banqueta y eso hice. Los cuatro torvos sujetos hicieron lo mismo. Pensé “estos cabrones de plano quieren madrazos” y agarré una piedra. Al menos uno de ellos pagaría las consecuencias de retarme.

Conforme avanzaba al encuentro inevitable, me preguntaba cómo era posible que tres gañanes (de origen, de nacimiento) fueran subordinados de un mequetrefe de buena familia y ridículos suetercitos rosas jugando a ser un tipo rudo.

Finalmente asumí lo inevitable: sería un encuentro desagradable pero digno. Tiré la piedra al lado del camino. Al menos les quedaría en la conciencia haber atacado a un hombre indefenso.

Me hicieron el clásico “pasillito” y me gruñeron, como diciendo “a ver putito, te sientes muy acá” o algo parecido. Yo me puse temerario y les espeté (a los cuatro, pero dirigiéndome al líder) “¡Ora hijos de la chingada, se me van a la verde!” y pos no. No se fueron. Siguieron ahí, muy orondos. Yo seguí caminando y ellos atrás de mí intimidándome.

Esas ruines acciones se hicieron rituales: yo llegaba a la entrada de Banús y ellos me la hacían de pedo. Siempre. Terminé por ignorarlos.

Lo interesante es que el lidercillo, cuando no estaba con sus cómplices, era un tipo más o menos sereno. De hecho, una vez lo vi en el jardín de su cochera tomando el sol (vale decir que era lo único que hacía en la vida: pura fotosíntesis con el astro rey). Me acerqué con ánimos de dialogar y zanjar diferencias: ambos éramos vecinos, de familias honorables y cosas similares. El diálogo siempre es bienvenido.

Decidí, pues, plantarle cara. Él me miró indiferente mientras me acercaba, como si no pasara nada. “Pinche hipócrita” –pensé, pero lo importante era limar asperezas. Una vez frente a él, me observó como si no me conociera. El monólogo fue más o menos así (porque nunca me contestó, vale aclararlo):

“Ora sí muy tranquilo ¿verdad, cabrón? Sin tus pinches amiguitos no pareces tan fiero, méndigo”.

Silencio.

“A ver, güey, ponte igual de gallito sin tu banda, pinche puñal con suetercito rosa”.

El tipo tenía la mirada en lontananza. De vez en vez me miraba como diciendo “qué le pasa a este tipejo”. Yo seguí:

“Ya me tienen hasta la madre. No puede uno hacer ejercicio porque siempre hay quien se molesta… a ver ¿por qué no te pones acá, bien perro, cabrón? Sólo en bola, pinches cobardes”.

Mi intención era dejarle en claro que conmigo no se jugaba, pero en eso salió una señora (bastante correcta, debo decir) y lo llamó… eso fue el colmo. El tipo del suetercito rosa no sólo usaba prendas ridículas, sino que tenía un nombre que seguramente sus rufianes amigos ignoraban. Me imagino que él les dijo “mi nombre es Tánatos” o algo así de apantallador, pero no. La señora (les decía) salió y lo llamó:

“¿Dónde estás, Bollito, mi amor? ¿Dónde está mi nene?”... y el pinche “Bollito” se levantó moviendo la cola a encontrarse con su ama. Nos sonreímos con la señora a manera de saludo, pero en la mirada de Bollito percibí la angustia de aquél que se sabe descubierto. No sé cómo le hizo para ganarse el respeto de los otros tres perros (esos sí rufianes) y comandarlos a pesar del suéter rosa. Lo importante era de otra índole: yo sabía su nombre verdadero. Ningún maleante puede llamarse así… y podía (yo) ir con el chisme y destruir su reputación de perro duro. No lo hice… a cambio dejaron de molestarme luego de mis sesiones de ejercicio. Nadie sabría que el líder de la banda del suetercito rosa se llamaba Bollito.

Sirva este texto de confesión y reconocimiento a los perros mencionados más arriba. Unos tipazos: Martínez (un vago por vocación, formación y educación), Ramírez (el más snob de los perros que conozco), Cuca (una perra de la calle rescatada y rehabilitada hasta convertirla en una dama por mi hijo Fabrizio), Poncho (celoso guardián de los bienes muebles e inmuebles de Buzz Guijosa), Willy (demasiado chiquiado) y Lola (una perra que cree ser humana gracias a los buenos oficios de Víctor y Rosario).

Me informan que Bollito murió hace dos años cuando su banda peleó contra una pandilla de las inmediaciones de Atécuaro. En su huida, fue atropellado por una unidad de Gas del Lago. El chofer se dio a la fuga.


 
     

 

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