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Édgar Omar AvilÉs 790
     
790-1 Guiones Trayectoria
  ENTREVISTA TRAYECTORIA  
 
   
 

EL JUICIO Y EL PERDÓN

(CUENTO)

 
 

 

Eran cinco cachorros. Suaves bolas de pelo que chillaban la leche que mamá les daba. A los seis años, el pequeño Daniel los metió en un costal y los llevó al río. Nadie sabe por qué lo hizo, ni él mismo, pero gozó cómo poco a poco el costal dejaba de estremecerse.

Daniel murió pasados los setenta años. Fue buen padre, buen esposo, buen abuelo, buen ciudadano. Ayudó a amigos y a extraños, y el mundo fue mejor sitio gracias a que él nació. Por lo que, en el recuento regresivo donde desfilan todos aquellos que lo conocieron, sólo se comenta lo bondadoso que fue. Daniel está seguro de que entrará al Paraíso, hasta que el recuento arriba a su infancia.

Entonces los cinco cachorros, contrahechos por el ahogamiento, se presentan ante él. Como a los demás, se les pregunta si ellos tienen alguna objeción para que Daniel entre al Paraíso o, en su defecto, vaya a morar a algún infierno personal. Los cachorros lo miran fijamente. Tras unos segundos de reflexión, con voces dulces pese a registrar estertores de ahogamiento, se pronuncian:

—Él fue el mejor de los niños; incapaz de hacernos mal alguno

—dicen los perritos de narices sangrantes y ojos blanqueados de sufrimiento. Al escuchar aquello, Daniel, avergonzado, se tambalea, asqueado de sí mismo por torturar y matar a los perritos que ahora le permiten entrar al Paraíso. Sabe que no merece aquel perdón, que él es la más ruin de las basuras. Luego de unos minutos de dolerle todo el dolor que causó a sus seis años, de pronto a Daniel se le aparecen los cinco cachorros.

—Él fue el mejor de los niños; incapaz de hacernos mal alguno

—dicen los perritos tras unos segundos de reflexión. Daniel llora ante la bondad infinita de aquellos a los que no permitió gozar de la vida; cachorros de patas y hocicos rotos en su vana lucha por escapar del costal y quienes ahora le regalan el Paraíso. Reniega de su existencia, le arde el alma llagada de arrepentimiento, sabe que no merecía vivir un día más después de cometer aquella atrocidad. Luego de unos minutos de vomitar su existencia horrible que se prolongó más de setenta años, de pronto los cinco cachorros se presentan frente a Daniel.

—Él fue el mejor de los niños; incapaz de hacernos mal alguno

—dicen los perritos… que seguirán presentándosele por toda la eternidad.


 
     

 

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