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FRANCISCO VALENZUELA 917
           
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  ENTREVISTA LECTURAS TRAYECTORIA  
 
   
 

Convulsiones

 

 
 

 

“¡Dejen en paz a esa criatura!”, aulló el noble director de la Primaria Josefa Ortiz de Domínguez. ¿La razón? Una bola de insensatos golpeando la cabeza de un niño de recién ingreso. ¿Quién era ese niño? Yo. Así se me recibía en el otoño de 1986, año en que aparecí en los patios de una escuela por demás hostil, llena de mocosos campiranos que de inmediato detectaban el tufo del extranjero, el invasor, el chilango que viene a sentirse la gran cosa. Mi única arma era el conocimiento. No sé ahora, pero en ese entonces la educación pública del DF superaba a la de provincia, así que hasta el más mediocre de la clase podía llegar a un pueblo michoacano y derrotar a sus nuevos compañeros en cualquiera de las asignaturas. Los coscorrones se me dejaron venir antes de que se entonase el Himno Nacional, antes de que cuatro niños y dos niñas hicieran una breve marcha ondeando el lábaro patrio.

El primero en atacarme fue Mayín, un zotaco de cabello crespo y ojos hundidos. “Tú me la pelas”, me advirtió, para enseguida arrendar a otros imberbes que me atestaron golpes sin piedad alguna. Terminados los honores de ese lunes 7 de septiembre fue momento de ingresar al salón y entonces sí saber de lo que estaba hecho, medir si mi sangre defeña iba complementada con la actitud valiente de un jugador que por vez primera pelea en calidad de visitante.

Sentado en un pupitre del rincón, lo primero que observé a detalle fueron las hermosas piernas de Erika, quien de inmediato me acogió con una sonrisa que descubría sus dientes amarillos y engordaba su de por sí chata nariz.

―¿Qué tanto le ves a mi hermana, pendejo ―la voz era de Mayín, así que más valía rezarle a quien fuera para que me salvara de mi primera golpiza en la escuela de Urameo. Apenas se escuchó la amenaza del verdugo y el resto de escolapios ya estaba de pie, en espera de que mi nariz saliera volando en pedazos, de que el piso de cemento se ensuciara con mi sangre capitalina. No dije nada ni cerré los puños para aceptar el reto, sólo se me ocurrió voltear hacia Erika y pedirle mentalmente que tranquilizara a ese engendro con el que vivía. Pero la Diosa Fortuna tenía un nombre; era la maestra Paty, mujer obesa y de rostro tan redondo como Júpiter. Arribó al aula y entonces Mayín tuvo que retroceder, no sin advertirme, con voz queda, la clásica amenaza de “nos vemos a la salida”.
Serena, con temple de metal, la maestra Júpiter rompía el hielo para conocer al intruso de la clase. “Vamos a dejar que el nuevo compañero se presente. ¿Cómo te llamas, bonito?”

―Francisco, Francisco Javier ―dije.

―Pinche nombre de telenovela, no mames ―dijo Fósforo, sentado al lado de Mayín.

Fósforo era apodado así por el color de su cabello, y la primera vez que me atreví a llamarlo por ese alias encajó dos de sus dedos en mi cuello, advirtiéndome que en adelante lo llamase por su nombre: Israel, Israel Farfán. Fósforo también tenía una hermana en el mismo salón, Chabela, y una iguana era lo más parecido a ese moreno rostro lleno de imperfecciones. Chabela, como Erika, le coqueteaba al invasor, sólo que ella, sabiendo que no tenía el más mínimo atractivo, abrió las piernas y dejó que le viera los calzones rojos, cosa que aún ahora me produce convulsiones. Vaya primer día, ni siquiera arrancaba la clase y ya tenía dos enemigos encima, más sus respectivas hermanas en espera de perder la virginidad a sus escasos ocho años de edad.

―No puede ser que este niño domine las tablas de multiplicar y ustedes no puedan ni con las sumas más sencillas. ¿Acaso no les da pena? ―la observación de Júpiter resultaba de lo más inoportuna, pues sólo exaltó la rabia en el bando de los rudos y provocó que Chabela volviera a abrir sus animalescas extremidades inferiores.

―Israel, pasa al pizarrón y por favor resuelve los dos ejercicios.

―Tengo que ir al baño ―fue la respuesta de Fósforo, y sin esperar la autorización de la maestra abandonaba el salón. Entonces en la escuela sonó La marcha de Zacatecas, cosa que me desconcertó por completo. ¿Qué significaba aquello? Que las clases concluían, pues en vez de chicharra, en la primaria de Urameo se hacía estallar ese himno regional para dar por concluido el día.

―No les tengas miedo, Israel es bien pendejo para pelear ―me advirtió Chabela, rozando sus dedos con los míos, cosa que aún ahora me produce convulsiones. Sin embargo, yo estaba seguro de algo: nadie con los pelos rojos puede ser un pendejo con los puños. ¿Y qué esperaba de Mayín? El peor día de mi vida estaba por comenzar.

Apenas caminé unos metros, buscando la salida a la calle, y Mayín ya estaba con su suéter en la cintura. Sería el primero de la tarde. Los demás se arremolinaron a nuestro alrededor, mientras que los profesores abandonaban las instalaciones, sin hacer nada por detener el próximo baño de sangre.

―Dame la mochila güey ­―me dijo Cotoyo, un chiflado que lucía más que emocionado con la pelea.

Mayín y yo cerramos los puños y adoptamos esa posición de fajadores en un primer asalto. Nos perfilamos levantando las manos a la altura del cuello y nuestras miradas eran inmutables. Así duramos tres minutos, con nuestros cuerpos separados por escasos centímetros, pero sin que ninguno diera el primer golpe. Entonces la voz de Cotoyo alegó: “Ya pues güeyes, nomás se están haciendo pendejos”, y a su observación se sumó la de Fósforo, que se metió entre Mayín y yo, abrió la palma de su mano derecha y la puso entre una y otra boca.

―El que escupa primero, gana.

Mayín soltó un gargajo de olimpiada, Fósforo quitó la mano y mis ojos vieron en cámara lenta cómo ese espeso cuerpo líquido llegaba desparramándose a mi rostro, entre nariz y cachete. Las risas de los aficionados estallaron y Fósforo puso su mano sobre mi hombro.

―¿Te asustaste, di?, no te creas, nomás estamos jugando contigo. ¡Bienvenido a Urameo!

Librarme de una pelea que seguro habría perdido era un gran alivio. El par de cabroncitos habían gastado una muy buena broma, pero sus respectivas hermanas no mentían con sus coqueteos. Al siguiente día, cuando el recreo estaba por terminar, el refresco Boing hacía estragos en mi cuerpo. Fui al baño y de pronto escuché la chillante voz de la Chabela: “Paco, enséñame tu verga, ándale”.

La iguana estaba frente a mí, levantando su falda, tocando sus piernas con las manos que subían lentamente hasta llegar a los calzones rojos, los mismos del día anterior, cosa que aún ahora me produce convulsiones. Me miraba con una lujuria inapropiada para su edad, pues ni siquiera se le habían desarrollado los senos. ¡Su pecho era tan plano como la bandera de México! Pensé en pedir auxilio, pero también pensé que eso sería absurdo; tal vez ella volteara la tortilla acusándome de haberla metido a la fuerza.

Impávido, dejé que Iguana metiera su mano en mi pantalón, que sus dedos frotaran mi entonces pequeño y lampiño miembro. Toda ella era tan fea como el gargajo que me arrojó Mayín, pero había en esos dedos un extraño encanto, una magia, un secreto que aún no puedo comprender. Chabela provocó mi primera erección en el maloliente baño de la Josefa Ortiz de Domínguez, cosa que aún ahora me produce convulsiones. No pasó a mayores. Salió sin que nadie la husmeara y yo ahí me quedé por un rato más, en espera de que mi amigo volviera a su posición y tamaño natural.

Desde ese día le tengo un enorme aprecio a las mujeres feas. ¡Son ellas las que me han mostrado el universo con todo y la basura espacial! Sobra decir que perdí la virginidad a los diez, en quinto grado, paradójicamente. Erika me regaló sus piernas, con todo y el tesoro que había en medio. Ambas, la chata y la cara de gargajo, hicieron de mí un buen hombre, un padre ejemplar que hoy narra estos pasajes para que sus pequeñas hijas logren conciliar el sueño.

 

 

 

 
     

 

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