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ROSARIO HERRERA GUIDO 918
           
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  ENTREVISTA LECTURAS TRAYECTORIA  
 
   
 

Albert Camus bajo un sol salado

 

 
 

 

(Publicado en La Jornada Michoacán, sábado 29 de junio de 2007, p. 2.)

 

Albert Camus (Mondovi, Argelia 1913 — Le petit Villeblevin, Francia, 1960), el filósofo y escritor francés, Premio Nobel de Literatura 1957, quien desarrolló en su variada obra un humanismo fundado en la toma de conciencia de la condición humana, asumió la angustia ante lo absurdo de la vida, la vana felicidad y la rebeldía bajo un sol salado. Camus es el autor de Bodas, El extranjero, Calígula, La peste, Estado de sitio y El hombre rebelde, entre otros, que se reúnen en Narracione,  teatro y ensayos (Aguilar, 1981), y que hablan, como sólo sabe hacerlo la literatura, de lo que siempre está sucediendo.   
            Albert Camus, bajo el sol mediterráneo de las playas de Argel, en su narración  Bodas(1939), recrea la felicidad de una ciudad soleada, protegida por los dioses y perfumada de ajenjo. Bodas contagia la dicha bulliciosa de la vida, donde lo vital es el único principio verdadero. Antes de la experiencia del absurdo en su obra, Bodas es la conciencia del placer que respira el aire fresco de un mar sereno. Pero desde Bodas hay una armonía rota entre el ser y la existencia, ahí donde la desgarradura humana busca la felicidad. Más allá de Bodas, a lo lejos se escucha el trágico cantar de Yago en el Otelo de Giuseppe Verdi:Viene, después de tanta irrisión, la muerte”.

Albert Camus, después de la Gran Guerra, expone la experiencia del absurdo en el  indiferente personaje de su corta novela El extranjero (1942). Meursault es un abúlico burócrata, para quien el telegrama de la muerte de su madre no tiene ningún sentido, porque no significa más que un borroso pasado y un desteñido futuro en vilo. No le importan los signos del odio o los vecinos que disfrutan el olor a barrio, si acaso el gusto por María y las sonrisas de su vestido. Camus interrumpe esta apatía al poner al extranjero frente a la muerte. Y cuando las calles pasean por la ciudad y los destellos por el mar, descubre a un primario criminal de los azares, que enceguecido por un sol salado descarga un revólver sin darse cuenta. Ya condenado a muerte, Meursault tiene ganas de otra vida en la que pueda paladear el sabor de esta tierra. Y aunque el extranjero se adapta a la máquina represiva de la prisión, se sabe víctima de la absurdidad de la ley.
            Calígula (1944)es la consagración al gran teatro del absurdo. Como el puño del poder no es inmutable y sin historia, el conflicto es preferible a permanecer anestesiados. La vida no puede ser gorda, arreglada y sin contradicciones. Porque una sociedad que cree en máquinas de éxito, sexualidad, deporte, alienación y pobreza, está siempre amenazada por la conspiración de sus ciudadanos. Calígula debe morir porque pervirtió al pueblo en su gran prostíbulo. La gran culpa de los ciudadanos, que debe ser expiada, es por ser súbditos de Calígula. El rebelde y el servil son igualmente mortales, pero mientras uno muere como hombre, el otro como guiñapo. Y es que el hombre rebelde debe escapar a la condena de Sísifo: el trabajo inútil y sin esperanza.
            Mientras la paz reposa sobre los tejados, las luces opalinas dibujan el cielo y los mercados ofrecen sus cestas en almíbar, el verano ignora que todos los ciudadanos están apestados. La peste (1947) —como decía Camus en una carta a un amigo—  es el símbolo de la resistencia francesa al nazismo. La peste narra la pugna por desterrar los sentimientos individuales, develando el desamparo total de una ciudad que pende de un hilo telegráfico. Es la alegoría de una vida sin moral ni soluciones, arbitraria y absurda como la muerte. En un verano caluroso y sobre un pantano de ratas, una ciudad abandonada por Dios cae en el absurdo. Como todos son mortales carece valor la inmortalidad, los premios y los castigos;  ninguna dicha eterna puede justificar tanto sufrimiento. La inocencia castigada y la peste civil que todos respiran destierran la fe. Pero en la ciudad hay santos laicos que se entregan por filantropía a la guerra contra la peste (Rieux Tarrou), o ingenuos que creen que pueden ser felices como Rambert, o pesimistas como Cottard, para quien la peste es una liberación, o ególatras obsesionados con su obra literaria (Grant), o Mesías como el Reverendo Paneloux. “Y hay que decirlo claro: la peste había arrebatado a todos la capacidad del amor y hasta de la amistad. Pues el amor exige un poco de futuro y, para nosotros, no había sino instantes”. (A. Camus, “La peste”, Narraciones y teatro, Madrid, Aguilar, 1979, p. 273).
            Estado de sitio (1948) es la gran alegoría de la ciudad de Cádiz. En el aullar sordo de una madrugada, el dolor araña el techo de una ciudad inocente. Y un himno de verano anuncia la trágica historia, bañada por un sol melaza. Estado de Sitio es también la novela que esculpe el amor de Victoria y Diego, a la sombra de un limonero acuático y bajo la dicha matinal de un sol aéreo. Pero en medio de un aparente estado de paz, producido por el terror total, las risas se convierten en maldiciones hacia los negros destinos de los ciudadanos. El gobierno de Cádiz ha caído en las garras de la peste, que es la metáfora de un Estado infecto que se hincha de veneno. Ya no más una muerte azarosa en la que se puede morir contemplando el azul de los Pirineos, o en las alturas del Guadalquivir. La muerte roja de García Lorca es sustituida en Estado de Sitio por la muerte negra de la dictadura. Estado de Sitio es la metáfora de una bestia insaciable que quiere un jardín de cruces para su siniestro palacio.

Después de Estado de Sitio, Camus propone la existencia humana como rebelión. El hombre rebelde (1951), ya no narra la existencia trágica ni heroica, sino la existencia rebelde. Pero el hombre rebelde no es un suicida. La rebeldía es una máxima ética por excelencia. Camus no tiene por premisa la existencia, el pensamiento, el amor o la trascendencia, sino ¡la rebelión! Una rebeldía que es esencialmente estética. Camus va contra toda dictadura que arrastre a los ciudadanos al absurdo, contra todo ideal de enana supervivencia. Los retos de los rebeldes —el mal y la muerte— los llevan a romper las reglas del juego, cuando todo está negado y el mundo agoniza, en un acto sublime de entrega al futuro: “Para existir, el hombre debe rebelarse, pero su rebelión debe respetar el límite que ella descubre y en el cual los hombres, uniéndose, empiezan a ser”. (A. Camus, “El hombre rebelde”, Narraciones y teatro, Madrid, Aguilar, 1981, p. 572).

            Albert Camus sabe que a pesar de que la angustia ante la fuerza del sable lleva a perder la fe en el progreso y en la historia, los hombres y las mujeres deben avanzar para adquirir conciencia de que su condición no está superada y que todavía queda mucho por hacer.

 

 


El mar es eterno

 


El mar es eterno
batracio atormentado
infinito principio sin edad
concierto de cornos de sal
salto líquido   faro insomne

El mar es eterno
amante cántaro de vino
donde ciudades antiguas sueñan
caracoles y turquesas

El mar es eterno
salvaje jardín
de los relojes marchitos
catedral sumergida
donde los astros cantan letanías
huerto de esmeraldas
selva de loros

El mar es eterno
desnudo desierto en travesía
destello   torrente   fiebre
alfabeto acuático
de los peces de seda
enigma de cristal

El mar es eterno
inmenso vientre perpetuo
madre universal de los dioses
los soles y las sombras

El mar es eterno
incesante latido   lágrima infinita
clave   ave   nave
animal en celo
vehemencia de coral

Por la eternidad del mar
las gaviotas escriben
una historia de arena

que olvida la marea

 

 

 
     

 

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