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SANDRA MORALES VÁZQUEZ 921
           
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POEMAS

 

 
 

 

LOS AMANTES

De manera natural siguen volando cometas
corren sus voces por los días sin vida
espigas que siguen abriendo sus puntas al cielo
de cuando en cuando sus bocas margaritas separan sus pétalos
para tomar bocanadas de sol
su aliento huele a hojarasca machada por las manos
no se distinguen entre caricia y beso.

Mientras se despiden en los andenes
en los puentes
en los caminos
se renuevan los nombres para dejarlos en la sangre
repiten de a poco en poco las silabas
las letras
haciendo rituales
porque los nombres que se van
dan la sensación agotadora de la ausencia,
una ausencia pertinaz que juega a romperse
entre cometas
entre días sin vida
abriendo puntas al cielo
tomando bocanadas de sol
oliendo a hojarasca
en la adicción de apretujarse entre caricia y beso.

 

 

MI NOMBRE

Mi nombre apenas se conocía.
Llegue al punto en que mi nombre
caía en la locura o no tenía escapatoria,
era prisionero de otras bocas
de enfermedades extrañas que lo mutilaban,
le cambiaban de letras y lo convirtieron en eco,
San. San, San, golpe de martillo, campana;
o una colección de historias vertidas en un murmullo.

Mi nombre tenía pocas horas cuando ya era una controversia
entre mi padre, la iglesia y la abuela,
eso de llamarse Sandra se convirtió en manto en blanco
para que los otros dibujaran a pinceladas un sonido,
lo mismo lanzado por la ventana
que dejado al descuido en una herida.

Un día decidió ser convicto y fue dejado atrás,
gastó su esencia en cantos anónimos
tuvo títulos de poca monta,
hermosa, bonita,
una forma de esconder mercancía robada.

Pero ahora mi nombre se convirtió en algo delirante,
en un sueño vagabundo con tendencias criminales,
entre carne y sangre se está dando a luz.

Sé que ya no tiene misterios
se ha hecho transparente de andar y andar en tantos lugares.
Tiene sus propias raíces en mis huesos,
meciéndose en nana de tinta
quiere emancipación, justicia y libertad.

 

 

 

NO DEBIERON…

Mis ojos se dan a la tristeza.
Abren la ventana, sobrecogidos,
para memorizar la oscura noche
en su última fatiga.

Ojos que no debieron mirar las palabras
dividir  la danza de las pruebas
ni humanizarse.
Se quedaron como punta de flecha
bien dentro de la sangre.

Debieron sentarse al sol
quitarse las sandalias en el primer despertar;
mantener el verde primavera intacto
sin cargarse de bellísimos monstruos
que apretaban su bayoneta contra la nuca.

Debieron deshacerse en el rostro
con su primera ración de lluvia,
cumplir su tarea sin vacilaciones,
sin abismos,
sin cambios de sitio,
Implacables.

En el espacio que los rodea se enturbian
ya no de soledad,
ya no de ausencia,
están así de bocas que sueñan con los labios de Dios
y los del hombre.

No debieron.
Debí dejarlos ásperos de un solo verso,

pegados al infinito.

 

 

 

 

 
     

 

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