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VÍCTOR MANUEL LÓPEZ ORTEGA 926
           
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  ENTREVISTA LECTURAS TRAYECTORIA  
 
   
 

LA JAULA DEL DODO

 

 
 

 

Regresé al pueblo de mi abuela materna para su funeral. Apenas salí del cementerio, quise dar un paseo por la avenida principal para recordar cómo eran los edificios que tantas memorias me traían. Caminé algunas cuadras hasta llegar a la plaza mayor, rodeada por cuatro portales de comercio; en uno de ellos, descubrí una tienda de antigüedades.
            Entré. El lugar olía a polvo y la madera crujía a cada paso que daba. Los objetos en venta daban al lugar un aspecto lóbrego: joyería victoriana, vestidos de seda craquelada, espejos rococó, muebles estilo Luis XV, pinturas opacas, entre otras curiosidades.
            Lo único que me despertó un interés desmedido por gastar fue un dodo blanco disecado que estaba dentro de una jaula de herrería artística. Yo era biólogo de profesión, especializado en zoología, y no podía creer que existiera en el mundo un ejemplar tan bien conservado de una especie extinta desde 1662; por si acaso la magnitud de aquel descubrimiento hubiera sido poco, el último dodo disecado del que se tuvo noticia fue desechado en 1755, por el avanzado estado de descomposición en que se hallaba. El ejemplar de dodo frente a mí tenía un plumaje y la mirada resplandecientes. Embelesado, contemplaba al ave cuando una voz pausada y afónica me interrumpió diciendo:
            ─Si quiere que le muestre cualquier objeto de la tienda, no dude en preguntar; estoy a sus órdenes.
            ─ ¿Cuánto cuesta el dodo?
            ─Señor, temo advertirle que el dodo no está a la venta.
            ─A lo largo de mi trayectoria he hecho extensos estudios sobre el vuelo de las aves, en especial sobre las extintas. Soy biólogo zoologista, no sabe lo que este hallazgo significa para mi carrera. Estoy dispuesto a lo que sea con tal de quedarme con él. ¿Cuánto quiere por el pájaro dodo? ─saqué la chequera de un bolsillo interior de mi levita─. Le ofrezco quinientas mil libras esterlinas.
            El octogenario aceptó venderme el dodo por esa cantidad; hice el cheque y se lo entregué. Mientras el anciano envolvía la jaula, miré cómo de sus ojos brotaban lágrimas. Antes de irme de la tienda, él me advirtió que no destapara la jaula al aire libre por ningún motivo.
            Emprendí el camino hacia el mesón donde pasaría la noche. Mientras atravesaba la plaza mayor, choqué con una mujer.
            ─Tenga más cuidado ─dijo ella disgustada, mi jaula le había lastimado el brazo.
            No respondí nada. Me quedé observando a la joven porque me pareció conocida. En cuestión de segundos, el clima tuvo un cambio radical: de soleado, caluroso y seco, pasó a nublado y ventoso; se formaron remolinos que me llenaron los ojos de arena. Decenas de pájaros volaban sobre mi cabeza, emitían graznidos insoportables y defecaron en mi chaqueta. Sin percatarme del momento, la mujer que había creído conocer desapareció.
            Pensé en agarrar la jaula del dodo y correr hacia el palacio de cristal para resguardarme de la inclemencia del clima; pero, apenas la hube tocado, sentí que algo me mordió el pulgar. Mi dedo se había inflamado y sangraba, lo chupé con el fin de parar la hemorragia. Las aves revoloteaban cada vez más cerca de mi cabeza. Con una mano en la boca y la otra sobre mi compra, me puse a salvo bajo techo primero, y después rompí el papel que cubría el armazón para ver qué era lo que me había lastimado. Examiné el dodo disecado, pero había mantenido la misma posición en la que siempre había estado. Tan pronto cubrí la jaula con mi levita, las aves se retiraron, no así los vientos.
            Retomé el regreso a la posada. Mientras caminaba, empecé a sentir un dolor de cabeza que fue intensificándose a tal grado que perdí el conocimiento apenas crucé la entrada de mi habitación.
Desperté cerca de las nueve de la noche. Me sentía exhausto y desconcertado por lo sucedido. Tenía hambre, así que toqué la campana para que un empleado viniera a tomar mi orden. Me pidió que esperara media hora. Mientras tanto, comencé a desnudarme para tomar una ducha. Miré cómo algunas pelusas y plumas pequeñas que traía adheridas a la ropa caían al suelo. Al principio fue gracioso, pero dejó de serlo al observar que mi piel parecía pellejo de pollo.

Me asusté aún más con las siguientes transformaciones que experimenté: la punta de mi nariz fue creciendo hacia el frente y deformándose, se ensanchó como un monedero y decoloró extrañamente; los poros se recorrieron hacia los costados. La mandíbula me creció hasta emparejarse con el tamaño de la nariz. Mi cuerpo se inclinó, mi vientre se colgó y acojinó, mis piernas se encogieron, mis brazos se doblaron y retrajeron hacia atrás, quedándome un par de alitas poco útiles; los dedos de mis pies aumentaron de tamaño y se separaron, las uñas se tornaron garras de ave y me brotaron plumas de color blanco y gris.

Grité, pero en vez de un alarido, emití un fuerte gorjeo. Quise taparme la boca por instinto, pero ya no tenía manos. No entendía lo que estaba pasándome. Con pasos cortos me acerqué al espejo de pie. No podía ser real lo que estaba viendo, ¡me había convertido en el ave que compré horas antes! ¡Un dodo! Sentí ganas de llorar, pero en vez de sollozos, me salieron chillidos de pájaro.

Estaba lamentándome por mi nueva condición cuando oí que alguien llamaba a la puerta con insistencia, la cena estaba servida en el comedor. Al no obtener respuesta, el camarero empujó la entrada y ésta le cedió el paso. Lanzó un grito de horror al verme.
            —Por favor, no me lastime —gemí—. No soy una especie rara, ¡soy Gregory Gibbons, el huésped de esta habitación! Se lo juro, soy inofensivo.

Mis esfuerzos por identificarme resultaron inútiles, el mozo quería echarme a la calle. Intentó agarrarme del vientre; yo, como pude, me zafé con mi largo pico. Pensé en correr hacia la ventana, pero las garras de mis patas eran tan largas y mis dedos estaban tan separados entre sí que me hacían demasiado torpe. Finalmente, me escondí debajo de la cama, en un rincón donde el empleado no logró alcanzarme. Tras un par de minutos, el muchacho se retiró iracundo de la habitación. Yo temblaba de miedo, sentí que mi integridad se hallaba en riesgo.
            Instantes después, recuperé la forma humana. Me golpeé la cabeza contra los tablones de la base de la cama durante el proceso. Salí de mi escondite. Afuera, sentí vergüenza cuando me percaté de que el personal del hotel me rodeaba. Estaba recibiéndoles desnudo.
            — ¡Qué falta de respeto es ésta! —exclamé con indignación.
            El gerente del lugar responsabilizó al camarero del inconveniente. El joven, al verse inculpado, intentó defenderse diciendo:
            —Cuando abrí la puerta, encontré un ave parecida a una gaviota o un pelícano, pero muy raro. Quise echarlo del cuarto, pero se escondió debajo de la cama.
            Nadie creyó al empleado. El gerente me ofreció una disculpa a nombre de la compañía y se marchó de la habitación, seguido por los demás. Bajé al comedor. Esa noche cené vino, ensalada y pescado con papas. Mi secreto estaba a salvo, pero me preocupaba el extraño fenómeno. Apenas volví a mi habitación, me precipité a retirar la manta que cubría la jaula. Se me congeló la sangre al descubrir que el dodo disecado se había hecho polvo. ¿Qué rayos me había vendido aquel anciano de la tienda de antigüedades?  

Me levanté antes del amanecer, estaba tan asustado por mi metamorfosis que no pude conciliar el sueño. Mi piel estaba más pálida; y mis pupilas, más dilatadas. Tomé un baño de tina, recorté mi barba y desayuné en el refectorio. Antes de abandonar el mesón, el recepcionista me entregó un paquete que alguien había dejado para mí. Era un libro y una carta. Me apresuré a leer la nota, que decía:

Insensato, ha subestimado mi advertencia. ¿Acaso no le dije que no destapara la jaula en espacios abiertos? La maldición del dodo albino ha resurgido cuarenta y cinco años después, y usted se ha convertido en portador de ella. Gracias a su necedad, mi hijo por fin descansa en paz; pero siento remordimiento ante el desenlace que a usted le aguarda. Si quiere salvarse, lea este libro. Apresúrese, el tiempo se acaba. No reaccione a este mensaje con indiferencia y actúe pronto. Se despide, René Tablian, dueño del almacén de antigüedades.
            Metí el libro en mi equipaje, liquidé la cuenta del alojamiento y abandoné el pueblo de inmediato. Con suerte, si me iba, la maldición terminaría por sí sola.
Recién volví a casa, tuve curiosidad de leer el libro, pero estaba escrito en neerlandés antiguo, idioma que no entendía. Su título era: Vreemde bezweringen rond de Aarde en hun remedies, impreso en 1868. Hojeé la publicación entera para contemplar las litografías que traía. Gracias a las ilustraciones supe que trataba de muchas metamorfosis humanas: licantropía, vampiros, hombres elefante, mujeres barbudas, golems, zombis, viudas negras, centauros, princesas cisne, príncipes sapo, duendes, enanos, dragones pintos y hombres dodo.
            En la página anterior al capítulo de los hombres dodo había una ilustración de toda la página que comparaba el aspecto de un dodo real con uno humano. No hallé diferencias notorias. Debía desvelar el contenido de ese libro de inmediato; para esto, necesitaba la ayuda de un erudito en quien yo tuviera confianza plena.
            Decidido a triunfar sobre la maldición, telefoneé a mi mejor amigo, el doctor William Blumberg, director del zoológico de Londres y una persona versada en varios idiomas. Le platiqué las peripecias de mi viaje al pueblo de mi abuela y del extraño encantamiento que había contraído por la mordedura de un dodo en apariencia disecado. Al oírme, dijo:
—Voy a tu casa esta noche para que me enseñes el libro y juntos ver qué podemos hacer.
Horas más tarde, cuando mi amigo tocó el timbre de la casa, me apresuré para abrirle la puerta. Estaba tembloroso, mareado, sucio, ojeroso, con los ojos amarillos, las pupilas aún más dilatadas, y la piel amarillenta y llena de pliegues. Lo recibí con angustia de muerte: ya me había convertido en dodo tres veces en el transcurso del día.
— ¡Qué demacrado te ves! —exclamó mi amigo.
Asentí con la cabeza y lo invité a pasar. Le mostré el polvo del pájaro y la jaula en que venía, y abrí el libro en el capítulo de los hombres dodo para que se convenciera de que la maldición que padecía era real. Al terminar de leer, el doctor dijo:
            —El libro habla de la maldición del hombre dodo, originada en la isla Mauricio desde 1646, atribuida a una gitana española de nombre Ocairy, y la expansión del hechizo a Europa y América en los años siguientes hasta la publicación del libro. Es irrelevante contarte la historia ahora. Lo importante es que sepas que a las setenta y dos horas posteriores a la mordida, serás un dodo en estado permanente; sin embargo, aquí dice que existe un antídoto para que recuperes la forma humana: frutos de la isla de Cargados Carajos.
            Me invadió la angustia de saber que me quedaban menos de dos días para convertirme en dodo para siempre y que un barco tardaría mínimo un mes en llegar a los carajos. Pedí al doctor Blumberg que fuera a la isla para conseguir las frutas, le hice un cheque por la mitad de mi fortuna para costear sus viáticos y pagar sus honorarios.
            —Pronto mi casa será muy grande para un dodo solitario, tendremos que pensar en un lugar más adecuado para que viva —reflexioné en voz alta.
—El London Zoological Garden es el único refugio que puedo ofrecerte mientras encuentro ese antídoto. Acondicionaré un hábitat para ti solo, con alarma para evitar robos. No se ven dodos vivos todos los días, alguien podría robarte para ganar una fortuna con tu exhibición en un circo itinerante.
En los días siguientes seguí convirtiéndome en dodo ante la mirada atónita de mi amigo, a quien le pedí que no se separara de mi lado hasta que ya no recuperara la forma humana.

            He vivido en el zoológico durante seis meses. William cumplió con su palabra de brindarme protección en un área confortable, verde y amplia. Se presume, tomó un barco a Mauricio para conseguir los frutos que me liberen del encantamiento para siempre. Mientras tanto, yo soy la mayor atracción de este parque. Soy tan popular que hasta el rey Jorge V del Reino Unido ha venido a conocerme. Debo tolerar la insoportable cantidad de fotos que los profesionales me toman, el constante acoso de los científicos que vienen aquí para hacerme estudios físicos, conductuales, genéticos, y la presión tan grande a la que me someten a diario para que preserve mi especie. Debo reconocer que los cuidadores me alimentan muy bien, como tanto que creo que pronto tendré problemas de sobrepeso.
No entiendo el código lingüístico de las aves, tampoco puedo comunicarme con los humanos y ningún cuidador se ha acercado a mi jaula para darme noticia de mi amigo. Todavía comprendo el inglés.
Ansío recuperar mi existencia normal. No quiero morir con la forma de un dodo y correr la misma suerte del hijo del señor Tablian. No quiero morder a ninguno de mis visitantes para que esta maldición no siga propagándose. No quiero ser disecado ni cocinado a la naranja.
William Blumberg ha tardado tanto tiempo en regresar que he llegado a pensar que quizás haya muerto en el viaje, o robado mi dinero, y ya no volverá. Deseo estar equivocado.
—¿Tú sí entiendes lo que digo?
Del otro lado de la reja, un niño rubio, con boina y pantaloncillos grises cortos, trataba de imitar mis gorjeos, se reía a carcajadas, quería abrazarme, estaba pasándola muy bien conmigo; enseguida llamó a sus papás para que conocieran al gordito, gigante y patoso pichón.

 

 

 

 
     

 

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