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DANIEL WENCE 929
           
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FERNET BRANCA

 

 

 
 

 

Si él no me hubiera dicho entonces que está solo,
que un amigo mayor le plancha las camisas
y que precisaría, vamos, una ayuda
Néstor Perlongher.

Nos citamos en una terminal
a las diez treinta de la mañana,  
yo llevaría lo esencial: fuego, todos los fuegos,
y tú lo esencial: fuego. Fuego y un galón de gasolina.
Tu ridícula venganza por hacer que me retrasara
eran sólo minutos, y qué urgencia.
Recuerdo apenas haber tocado tu mano
con tibia cursilería y decirlo:
te quiero besar los ojos.

Yo conocía tu aroma y la vocera
anunciaba corridas al norte del país.
Anunciaba Partidas.
Yo no quería perderme tu aliento
y la vocera insistía el nombre de un anciano
que apuraba sus pasos pegados al hueso.

Nos citamos en un café:  
tú llevarías una camisa nueva que compraste para gustarme.
Ya te amaba.

Los fuegos, el tuyo y los míos
en tu cama, junto al desayuno como antes nadie
y qué ansias comenzaron a brotarnos.
Me permitiste compartir mi cáncer en tu departamento vacío.
Yo fumaba como quien no ha escuchado hablar de la muerte,
bebía con la muerte de la mano
tu mano como un nudo para el masoquismo.
Asentías al dormir.
Tu dormir de perro encariñado, domesticado.
Y tu pelo.

Te hablé sobre la Señorita Cora:
para que no me tratara como un chico,
para que me dejara en paz,
para que no se fuera… para que no se fuera,
repetía como el pequeño Pablo;
te hablé sobre su culo expuesto
sobre mi primer encuentro llorón
con la enfermera.
Espermera, corregiste,
y me hizo gracia.
Todo lo que se relaciona con el esperma me hace gracia
por eso me masturbaba pensando en ti
te dedicaba horas enteras
incontables escalofríos,
y tú –decías-, con sólo escucharme.

Te echaste a mi lado.
Dormiste mientras yo leía.
Te acaricié, metí mi mano en tu bragueta
te sostuve. Dije tu nombre para que el cuerpo
así se llamara.

Quise pedirte que me vengaras de ti mismo
eché mis piernas sobre tus piernas
dormías como quien no ha sobrevivido
a tres intentos del mundo de acabarse.

Yo duermo poco, me aterra que el planeta se colapse
mientras sueño que soy el villano de una serie animada
y el héroe y la heroína y la princesa y la nave
pero tú duermes sencillamente. En sueños te confiesas.

 

Nos citamos en un restaurante mendocino.
Bebimos fernet.
Te conté que la preparación exacta
-tres hielos, mitá fernet, mitá coca cola-
le va excelente al Branca.

Te hablé de mis amores viejos y descoloridos.
Más vale, dijiste.
Y en la noche de la borrachera, mis vicios
se te fueron tejiendo en esa endemoniada barba.

Lloré por una muerte.

No pude decirte que ya te amaba porque también
habría llorado por eso. Lloro por todo:
porque ya no soy un niño,
porque nunca fui una niña
porque mi madre está envejeciendo
porque a mi padre le duelen las piernas
porque te irás en medio de una tragedia
con la que no sé si podré
o porque posiblemente nos iremos antes.
Lloro porque temes contaminarme
y porque no te conocí cuando teníamos quince.

También estoy envejeciendo, Elías.

Te irás antes de que me salga la primera cana
o se me termine de caer el pelo,
te irás cuando mis dientes aún resistan morderte
con una proporción idéntica de amor y rabia,
cuando mi semen aún blanquísimo sea todavía fuerte
para fecundar a las mujeres con las que nunca he estado,
o para mancharte la espalda.

Esta edad me ha revelado que
las terminales de autobuses no son un buen sitio para citarse:
me duele que las cosas y las personas fluyan

y tú, tan suave, tan limpio, te evapores.

 

 
     

 

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