registro de danza Registro Nacional de Escritores  

separadorbutton escritoresbutton guionistaspoetasinvestigadoresbutton mercado de guionesbutton Otras plataformasseparador

 

MIGUEL CARMONA VIRGEN 931
           
<< ESCRITOR PREVIO 931-1 lectura Guiones Trayectoria SIGUIENTE ESCRITOR >>
  ENTREVISTA LECTURAS TRAYECTORIA  
 
   
 

 

POÉTICA DE LA ESTAMPA

 

 

 
 

 

Presentación

 

Denominamos estampa a la obra gráfica impresa en papel, los procesos mediante los que se imprime, así como la autoría de las obras; ello proporciona el marco para referir una de las tradiciones más consistentes de nuestra cultura artística.

Se ha omitido en el texto aludir al uso público de la estampa- serigrafía e infografía- para centrar nuestras consideraciones en torno al grabado (multiforme por cuanto a su práctica) y la litografía (salvo en su vertiente publicitaria), por entrañar ambos un lenguaje artístico imaginador, que es el sentido de una poética fecunda. La publicidad acota la expresión gráfica en predios utilitarios ajenos del todo del componente subjetivo necesario a todo lenguaje artístico visual; su lectura es el consumo de objetos y/o sentidos enteramente objetivos.

Una poética de la estampa adviene sin otra utilidad que la derivada de la contemplación y la reflexión acerca de uno de los fenómenos más bellos de la cultura escritural, que desarrolló una industria, la del papel, y un código artístico que al paso del tiempo ha llegado a ser la fuente de nuestra imagen del mundo, con todas las posibilidades abiertas para leernos y reconocernos en sus signos.

Todo comenzó con el verbo escrito, en el que la poesía elige, para nombrar acaso lo innombrable.

El autor.

 

……………………..

 

I

Escribo. Escribo que escribo.
El grafógrafo evoca el grabado,
el arte de arar en la pupila,
la estampa que se inscribe desde el fondo,
desde la noche.

La estampa es la impronta de la imagen (por definición, proviene del término taxonómico imago, por lo que la biología recupera a través de la palabra los vínculos profundos y sus correspondencias con nuestras representaciones mentales).Lo transfigurado por las meninges desde hace millones de años, el incesante obrar de nuestro encéfalo, eso es la imagen que pronunciada adquiere vellosidades y asperezas; surge como presencia de “algo” que no sabíamos nuestro: la otra voz, la de la mirada.
Hablamos en imágenes, pensamos en imágenes.

Imaginar es crear –y viceversa–, regresar al campo fértil de la incertidumbre a interrogar la norma, romperla y restaurarla sobre un nuevo trazo. Tal vez el gesto más humano, el más fiel reflejo de un espejo interior.

De algún abismo asciende ramificándose, floreciendo–como en el poema de Ludwig Zeller– el golem. Y en abismos abunda el ser humano, el imaginante. Escribo entonces la escritura, el sendero roturado y visitado a diario en busca de vestigios, residuos, detritus minerales, radiculares.

Anagramas, cábalas, mandalas, sortilegios, tarots, enjambres, nudos ciegos, hilos de Ariadna, trenzas, ramas doradas… inquieren acerca del invisible ominoso tejido del destino, la anamorfia del deseo.

El orden de otro orden es inteligido por le Cromagnon que escrime su buril contra la roca, el trozo de palo o hueso, la tablilla de tierra endurecida. Pregunta, amaga el vacío del cosmos, golpea, devasta las superficies, traza las interrogantes, sustrae del abismo muestras del suelo enriquecido por otras existencias, imagina.
Eso es escribir, no saber, crear certidumbre en el seno del caos.

Escribo, trazo, divido, parto el área, parcelo el escenario de mis tanteos brujúleos, astrolábicos. Voy y vengo en la masa de líneas acotadas en puro llano, las cimas y las simas de un balbuceo tatuador. Soy el que deambula reconociendo el junco, los herbajos, las esporas que viajan del limo a la palma de la mano, los aquenios impolutos girando en la evanescente luz, las infinitesimales partículas; miríadas de polvo cósmico rotando, las fugaces explosiones de la permanencia. Soy el escriba, el antropoide que alarga su voluntad de ser en la escritura.

Cuando escribo es afuera, sin claves para entrar. En ningún lado, en utopía, en la transparencia del mundo, diría Carlos Mongar. Así, doy aliento a la estampa, la huella, cifra de mi gorgeo íntimo, absolutamente ajeno y propio. La estampa se fija, sucede en la réplica, incorpora copiándose la multiplicidad de una obsedida creatura, se deja ver en la oblicuidad parecida a la salida puntual del sol por el oriente de los perfiles, incesante. Dislexia empujada por el pulso del escriba que no atina a ceder la pausa necesaria.

La virtud de la estampa es de origen su vicio. La matriz pródiga posee en potencia especular e inédita los ejemplares del asombro. El escriba se asombra y de su pasmo llega el dibujo como una red nerviosa a medrar en la plancha como al sueño llegan las voces de la noche del alma, las yeguas de la noche, la noche oscura, el expresso que ha de traer y llevar la atmósfera inefable que Faure llama espíritu.

El comienzo reclamado por los epitelios de la copia es el mismo de los silencios que preceden a toda creación. Luego viene el estruendo. La hoja blanca suspendida por un instante en el umbral que ha de colmarse con la urdimbre negra del dibujo sobre la trama de una piel alba, no vacía, la copia semejante a sí misma, la superficie anunciando el fondo.

La estampa es escritura, no texto. Dice la estampa voces copulativas, relaciona, conjuga, preña el haz de sombras a través de las que se da el retrato visible de nuestros ojos. Vemos sin saber que los ojos también son diapasón de aquella hoja en blanco. La contemplación es otro modo de abrir los ojos. Al ver dejamos de llorar y de soñar; entra la luz y dentro cunde su reino… ya no volveremos a ser los mismos, ciegos de ojos vacíos, seres deseantes, cegados, obstinados.

Pero qué se escribe.
Se tiñe el desierto, se humedece la sed, despierta el mundo sedente, sorprendido por el azache de la línea. Puede haber color en una estampa, pero siempre será el despiadado contraste, el día y la noche, el sí y el no de la contraposición, el desgarro de los límites creados por la geometría lastrada por la línea, trayendo la memoria como prenda, la rosa del futuro depositada en nuestra luna córnea.

El hueco entre línea y línea tañe el matiz del gradiente de color que también es ilusorio. Sepia, verde, ocre o azul de turcos, terracota, no son más que oscilaciones de la luz. Se estampa. Se calca la memoria y su envés: el dibujo.
Cuál es cuál.

La memoria también se lee entre líneas. Lo mismo puede leerse un grabado de Lamm que uno de Fernando García. Son un todo en sí mismos, pero un todo mayor espera tras el enjambre de aparentes trazos inocentes.

La estampa arde, duele, corta y sólo pueden verla los maliciosos, los enfermos de ironía, los insomnes.

La nada de una línea da paso a los delicados filamentos de las eras. Ébano que se agarra al papel, la línea parasita en las palabras pero no dice, nombra y es extranjera, habla en lenguas, idioma atávico prendido a la sílaba contumaz de los dibujos.

Rembrandt, Rouault, Tápies o Rafael Zepeda… nombres de escrituras, hombres de escritura, amanuenses, tlacuilos, médiums que develan el corazón de la cebolla, desprendiendo de la pupila dactilar la lengua ácida del signo.

Agua de imágenes,la estampa sólo tiene una vía para asirse a nuestro calendario: la pupila, el lugar de retorno donde el mundo vuelve a ser memoria memorable, río depurador de las palabras, feliz intérprete de nuestro vértigo.

La estampa nos precede y trasciende como escritura del destino humano, tersa hendidura que abriga en su cuenco todos los deseos, aún los impronunciables.

 

 

II

 

Entraña la madera el árbol. En sus estrías el tiempo ha madurado sus círculos concéntricos, orbitales desde el ojo seminal, clorofílico, donde inicia la vida concentrada las circunvoluciones de sus danza.

La pulpa celulosa amalgama a través de otoños incontables, va ganando en su redondez la orilla y el verdor que un día después serán hojas de superficie, llanas presencias demarcadas por la húmeda extensión del mundo vegetal, es la materia noble ascendida en cada caída libre hacia la clara concavidad del aire.

En cada fibra la madera respira, late a partir de humus en la sombra y sube, mientras en la raíz se hace la noche. Como persona, como legión de vigías, la genealogía del árbol habita el orbe, sigue el rumor cretácico, la marea de minutos inaudible, el contrabajo íntimo del suelo. Bajo el tronco una ola de sueños sedimentarios hace crecer la vertical atlántica, su eco circular lo engrosa. Se dice que sostiene la tierra a la que volveremos un día dispuestos a ser el germen de otros árboles. 

En el tronco hay dibujos tangentes, líneas lunares sagitales orientadas hacia el ápice del último foliolo, la última cresta del verde estirándose hacia el azur eterno del aire, siempre el aire.

Somos de aire. Nuestras respiraciones engullen aire y botan aire, aire que empuja los alveolos bajo la piel, partido en proporciones impalpables. Así, la copa del árbol –ávida– inhala, adhiere su ración, filtra los átomos del aire con su nariz multiplicada en la hoja. Bebe del aire el árbol un color indeciso, delgado, que regresa a la parte nocturna y de ella se expande verde, bruñido, agudo y definitivo, dando color a los veranos de la pupila expectante.

Es la madera, el aire vegetal, la forma vertical del fuego que proviene del centro de la tierra, callado, a flamear verde en los horizontes. Y en la madera el ígneo vestigio de su origen se suaviza.
En esa parcela siembra su dibujo el grabador.

Gubia en mano, interroga, buscándose los ojos, el escriba. Abre el tejido de la madera. Cada corte en la tabla es irreversible, como las palabras. Cada hendidura perpetrada en el músculo del árbol laminado es irremisible. El grabador lo sabe, sabe que una vez encontrado el principio solamente queda seguir el curso de la veta que le dicta los cortes, la angulación precisa, transfiguradora.

Escuchar la madera, eso hace el grabador, al que han brotado filosas navajas en el borde de la mano. Escucharla y devastar el silencio, descubrirle su prodigio, la imagen que guarda en su regazo esta materia cálida y arcaica, acercarle el azogue esclerótico donde reaparecerá desde la niebla la desnudez del dibujo, la voz profunda del árbol, la confesión de los signos de la vida.

Se oye sotenido el soplo del grabado, retrato xilográfico del escriba que se imprimirá bajo la suave presión de la mano, encima de otra fibra vegetal: el papel.

Del tronco al papel el grabado viaja hacia sí mismo, palabra ciega que anda en círculo: del silencio al silencio, a través de la mirada humana, siempre insaciable.

……………………

 

III

 

Con el hollín residual de combustiones, precipitado negro, se elaboran las tintas grasas que traspondrán los rasgos del grabado de la plancha al papel, de la incisión al soporte, de la marca a la marca indeleble, de la memoria del zinc o el cobre a la memoria palpitante del que mira. Una alquimia de rigor asiste al obrar del grabador dispuesto a permutar el vacío por la sombra.

Qué hay en un grabado.
El trazo del rastro de un molusco animado por el acre sabor de la médula maderosa con que se fabrica el papel. Remotas filiaciones tiene este frágil asiento del grabado, la escritura, el testamento de nuestra cultura. Papiros, pergaminos, pliegos, pulpa cernida, polvo de árbol o piedra calcárea, aluvión, arcilla, limo… el papel nos asiste, lo inventó el extravío, la naufragante raza de la gente que dejó de buscar el en cielo respuestas suficientes para atisbar la noche.

Y en la noche una hoja se despliega en interminables piélagos. La hoja de la escritura posible, azogue aparecido en el reino de la necesidad. La hoja de papel, inocua, blanco revés de la noche.

En la hoja de papel se inscribe el pataleo de las incertidumbres, el arañazo feraz de las lenguas mudas. Ahí navega el rostro verdadero, solitario, ardiente, la palabra única.

En el océano de la hoja deja el grabado indeleble, contundente, los diminutos páramos, la mezquina risa de toda finitud, nuestra muerte más viva. Escriturar el alba del papel, la laboriosa herencia de chinos y egipcios, reiterar las obstinaciones del homínido, es la tarea ingrata del mediúmico escriba, el grabador.

Qué se escribe en el grabado. El paso del tiempo sobre la estepa cerebral, la atónita mirada del espíritu sobre el abismo, la oscilación de los mares lamiendo la orilla cada vez, cifrando sobre la piel del mundo la altura, el espesor, la sal, la corrosión, la mordedura de la huella dejada por los minutos, la forma del mundo. La forma lata de la vigilia.

Ahora mismo, el hebreo que soy deja su sílaba en esta letra temblona, el fenicio que soy abre la pausa que va del rasgo terminal de los diptongos hasta la recta enhiesta de las letras perdidas, simuladas en el habla. Y el cazador y el que sueña a tocar con el dedo índice la orilla donde medran los dioses y el que alza por sobre su cabeza la tea incandescente en el fondo de la caverna… todos, en este intento renovado de palabra sin suelo, párvula, arisca, todos son la multiforme figura del mundo, esa metáfora acomodaticia, garza que poco se posa en el pantano.

Y si se posa la garza incólume es que soñamos a danzar sin fin, en tanto el universo flota en partículas que al asentarse suenan. Son las palabras despertando.

El escriba graba palabras, dibuja palabras, pronuncia en silencio las palabras inaugurales para los ojos, para la sed que asoma, para ver los colores únicos de su sueño. Ciego, cultiva en la yerma y sosegada tierra de la inocencia una turbadora semilla: la forma original cuya epidermis colma el hollín.

Aceites, abrasivos, ácidos –todos en su orden– han sucedido con su química elemental tras el primer indicio logrado por el que raya sobre la plancha el signo interminable del espacio puro, simple. Esta tarea comienza cuando parece que ya todo ha terminado, en la mirada de los otros que es el infierno (Sábato dixit), es decir, el mundo mismo.

 

IV

 

Cómo transita de la incisión corroída por el ácido, del borde graso en la piedra calcárea, del trazo de cedro atacado por la gubia; cómo transita hacia el papel la marca. Emigra por contacto. El tráfico de huellas hacia el papel de trapo es un éxodo callado, tímido, in ralentí, retardándose al máximo; la rueda de los tórculos impele al molusco a ser bebido, desdoblado, empalmado en el lomo húmedo del pliego. Papel y tinta son casados bajo el empuje de un rodillo, una rodela, una presión de mano, hasta pasar del otro lado.

Se cumple así la condición primaria de los imaginarios predios que la estampa sugiere. E imprime, se da lugar al mapa, se deja ver cada topografía,  cada espacio sembrado, cada esplendor signado por el fulgor del pliego.

Es el territorio del papel la última estación de la imagen, la imagen misma. Acertar a mirar en la pupila, no en la maraña de la tinta, duplica los prodigios: por una parte, el ruidoso y encrespado oleaje del dibujo, endurecido por el pulso de la mano, por otra parte, la apacible turgencia del papel prensado contra sí mismo, reapareciendo lunar entre el bordado último, virado hacia la luminiscente aurora de la estampa. Ya impreso, el nuevo mundo de la imagen viene a nosotros.

La estampa denuncia el oficio veedor del escriba.
Ningún discurso emparentado a lo ya visto, creación pura. Se nombra, se enumera, se guarda y sólo será visto por los otros veedores que andan con su tamiz bajo los párpados. El celo por la estampa es el celo por la cuerda tensa de la guitarra del músico, el celo por la arcilla y el grano únicos del ceramista, el mismo celo por el firmamento del labrador.

El escriba espera el día propicio, el grado exacto, el aire denso y áspero del instante. Sólo él puede advertir en esos signos atmosféricos el germen de una línea, el oculto sentido de perder la brújula y el tiempo. Busca los orígenes para tomar el inicio del canto. Una poética, otra noción del cosmos, del curso de los astros, el rumor de la sangre.

No hace versos, hace rutas, señala los caminos de vuelta al centro de la vida. No cura los males de nadie, no los agrava. Su trabajo es un canto profundo, insistente, cigarra a cielo abierto.

Imprimir las coordenadas emocionales, las corazonadas del escriba, sugiere conocer las correspondencias entre sí de las cosas, porque nada hay suelto ni casual, todo viene atado al curso de los días. El orden del azar es la creación de obras tales que hay que interrogarlas, amigarse con ellas hasta obtener la gema de su entraña, diáfana y bruñida.

Una vez impresa la estampa se convierte, es el revés, aunque más cálida, independiente, semilla apartada del centro, ingrávida al fin, pronta a ser advertida en su sonoridad silente. Gutemberg, primer hechizado por escribas, logró añadir a nuestra soledad el haz de luz elemental en el naufragio de las palabras, las negras palabras aún sin madurar, niñas. Mas quedarán sin madurar. En el techo de cada letra anda la suspicaz sonrisa del escriba, el que sabe que hay otra lengua dentro del verbo. Funámbula, la estampa sortea el abismo de la letra, intransferible.

 

V

 

Decir de los escribas que son poetas es poner más acento en la voz que en el canto. Hay en la tradición del canto una vena extensa que va del sonoro Durero a los actuales grabadores checos, del ácido de Jacques Callot a Posada; del terso Rembrandt a Fernando de Sizzlo, del delirante Goya a José Fors, del pasado al presente, del presente al eterno presente que es cuando el veedor se acerca a la estampa con un recogimiento religioso.

Qué es el canto.
Durero dibuja en planchas de cobre, Holbein en planchas de madera de pie (de boj); Goya urde sus tragedias en zinc, como Tapiés, Picasso, Alberti, Zalce. Pero antes fue el tronco de los árboles deshilado a navaja por grabadores anónimos.

El escriba no tiene nombre. Decir Piranessi, Arévalo, Munch, Pedro Ascencio, es lo mismo que decir cualquier otro. No es el nombre sino la estela que deja el tórrido astro del escriba lo que importa al veedor. Cuando el expresionismo de posguerra aúlla en la gráfica de Agustín Lasso entendemos la señal del canto. El veedor sabe, como el escriba, ver en los rostros superpuestos de la tradición el inicial esgrafiado, el raspado intuitivo del hueso de reno en la oscura caverna.

Arde la grasa, ojo que va de mano en mano, en la punta del hachón bajo la tierra junto a otra punta que escribe húmeda en el abrupto muro y evoca la figura del bisonte, la travesía del clan tras el cuadrúpedo, la del clan en guerra. Minimales patrones se vuelven para siempre memoria firme en el lugar más inaccesible, piedra adentro.
Por qué así.

Porque en el seno pétreo, en susurros, a señas, vacilante, errático y febril, el escriba da caza a la preciada prenda que le obsede. Sueña que en el muro los fragmentos extrusivos de la piedra fueron trozos inciertos de la presa que hay que reunir, cepillar, pulir, soplar justo en el poro, dispersar lo adherido, lamer la roca, horadarla, bordear la insinuación de la cruz pterodáctila, adivinar el buey, la alzada del antílope. Dibuja, escribe el anca, el ángulo breve de la corva, la pezuña, la proboscis del caribú. Todo en silencio. el canto le asiste.

Afuera el silbido del viento, dentro del pecho la turbia guturación individual en ciernes que le estremece el pecho a la luz de la bujía primaria. Grasa de mastodonte para orientarse en la noche. Grasa para escribir en el cielo raso de la cueva. Grasa luminosa que aún es materia prima del perfume y del óleo.

Perseguía el megaterio del sueño. Desde entonces no duerme. Aún esgrime contra el insomnio la punta ansiosa, se empeña en la pesquisa, atento a la continua transformación de sus fantasmas.

Vela, cela, pretende el inútil cerco a una pieza de caza invisible, plasmando en cualquier parte los fragmentos de su desazón. Aquí el lomo hirsuto, acá el cuello doblándose para abrevar del suelo, más allá las pisadas en el cieno, por acá la quijada, el cuerno, la gamusa o el tropel de la nueva estampida. El inseparable monstruo rara vez es visto por completo, sólo fragmentos.

Lo demás es adorno, digresión, barroco, tremor, deseo de andar a ciegas, color local, sentido común, ir de boca en boca, humana trashumancia, arabesco en la arena.

El escriba, empero, no cesa. Atacará con ácido, de ser necesario, toda plancha que pase por sus manos. Sparcirá la burbuja nítrica con pluma del ala del guajolote; probará con la punta, bruñirá en el mermado surco el parecido, el eco, el dejá vúh, la reacción en cadena de su ánimo, hasta lograr asir de los pelos la figura siquiera de la creatura que le quita el sueño.

Nada más fantasmal que un grabado ni más intensamente equívoco, nada más amargo que el dorso de una imagen que se quiere otra. Por principio, una estampa es su contrario, su izquierda, el ruido reflejado en su silencio. El escriba es introvertido, elusivo, el grabado es estruendoso. La desazón de la mano que dibuja es breve y casi imperceptible, pero la fragua donde los átomos se recombinan es cortante y definitiva. El sueño es vívido y la estampa una marca húmeda en el papel al que hay que atender como a un recién nacido.

Haga lo que haga, el escriba sólo obtendrá la sombra de una sombra. Con eso vive, de ahí saca fuerzas para volver de nuevo al día siguiente a la caza de algo que parece ser suyo, inexplicablemente.

 

VI

 

Oriente dio origen al libro. Quienes hechizarona Gutemberg eran chinos. El tipo móvil que sirvió para imprimir la Biblia de Lutero es un artefacto antiquísimo, anterior a los peregrinajes de Marco Polo. La estampa llegó a nosotros ya madura, toda una ofrenda de las tierras lejanas.

En Europa eran los Libros de Horas, sorprendentes álbumes de tipo celebratorio del Medievo, la época particularmente oscura, en la que la que la vida era vivida por una nobleza dueña de la imaginación, merced al poderío del terror institucionalizado, la máquina lógica del sojuzgamiento solapado por la fe.

Únicamente el espíritu de la Universidad, abierto a los vientos de la idea aristotélica arrimó los tramos necesarios para arribar al libro, escrito ya no sólo en el latín de los verdugos. A través de la guerra, el exterminio, el saqueo y la xenofóbica era de los descubrimientos fue colándose la sabia de los textos editados en gruesos pliegos, con bloques de madera grabados por manos anónimas. Aún puede advertirse la tibia presencia de esas manos.

La estampa sigue siendo un arte discreto y paciente. Hokusai es una obra que inspira la máxima consideración acerca del trabajo de quitar astillas a la plancha de cedro, dejando solamente la superficie de línea. Lo que se imprimirá, el vacío calcado que nos otorga el escriba en un dejo de inteligencia que nos revela su visión exploratoria del espacio.

Como volar, miramos en la xilografía el espacio. Línea y transparencia, las coordenadas de sus cortes,delimitando los signos recién traído a una nueva vida. Cada  corte un signo. El arte no es naturaleza, miente, simula, sustituye, encubre. Prodigiosamente, Hokusai nos devuelve el gesto natural, a fuerza de incisiones devastadoras. La suavidad de la madera es la de la línea, la misma que descorre el velo de bruma mostrándonos el rostro detrás del camuflaje, el jardín interior del escriba, que nos guiña un ojo, feliz de haber desacralizado el grabado en madera en el siglo XVIII, al lado de Utamaro, quien busca nuestra órbita visual con sus escenas eróticas.

Laborioso, el escriba elige sólo en apariencia. La gubia escribe el eco de una lengua sobria y elegante, nutrida por el ser contemplativo, el que sabe lo que ha de ser dejado intacto, lo que ha de ser vacío (forma es vacío, reza el budismo zen). De la concepción del vac+ío surge la tradición del grabado oriental, que un día fue cosa de privilegio social y ahora, gracias al modo ukiyo-e, podemos disfrutar. Ukiyo-e es la estampa popular japonesa.

Las Vistas del Fujiyama de Hokusai son suficientes para acertar sobre quien canta en la cresta de ésa ola, quién se revuelve en las parvadas de aves marinas, en las líneas oblicuas de la lluvia cruzando el puente sobre el río. Las Vistas es quizá la obra gráfica fundamental de un continente que llamamos Oriente. Utamaro, Haronobu, Hieroshige, Moronobu, Klyonaga, Hokusai, resultan ser íconos obligados, persistentes corolas del arte gráfico más antiguo.

Grabados que se imprimen a mano, las xilografías han sido asimiladas por la modernidad como auténticos alfabetos. Manet, degas, Van Gogh, Gauguin,el siglo XIX, el expresionismo alemán, la gráfica popular mexicana, todos fueron seducidos por la soltura y felicidad de este lenguaje.

No es necesario decir nada sobre el ideograma como sistema de escritura. Nos bastan sus señales periféricas para aceptar en nuestra memoria sus lotos, sus bambúes, sus figuritas apresuradas paleando sobre el lecho del río o mostrándonos el sendero de los placeres con la candidez del que se sabe observado.

La xilografía de Oriente propone la vida como fuente de imágenes, no el sermón; la ensoñación, no la culpa, la dicha, no el castigo. Antípodas que complementan la summa sin la cual no podríamos aceptar obras como la del portorriqueño Martín García, fruto del árbol de la dilatada tradición xilográfica del Caribe. 

 

VII

 

No hay un punto en el orbe occidental que no cite a Durero y Rembrandt, para hablar del acucioso y severo ojo del dibujante por excelencia. Hombres de frontera, autores de obras que podríamos citar como paradigmas del grabado, puede decirse que vieron el mundo con el ánimo del que vive entre gente común, sin perder nunca su visión exigente. La potencia dibujística de estos maestros autor alemán sugiere el perfil de un hombre ávido: el hombre del Renacimiento.

La obra de Durero inaugura unan objetividad novedosa. Agota las cuatro esquinas de la plancha. En él no cabe el vacío, es todo desmesura. Suyos son los grabados más emblemáticos de una doctrina cristiana cuyos rasgos cualquiera reconocería. Las señales de identidad de una moral tienen en la obra de Durero su legitimidad, al grado que creer en Dios es un tanto creer en Durero.

Sus jinetes apocalípticos son retratos de personas. Su redentor es él mismo, retratado. En Durero la Iglesia fragua su búsqueda de imagen legítima. La Gloria es como la pinta este alemán, la Melancolía es como él la dibuja en la plancha de cobre. Retratos de gente, vertidos en el crisol del aguafuerte, girones acaso de aquellos

Libros de Horas que le precedieron. Crónica del mundo, su estampa condujo a otros a una guerra non sancta en la que el botín más preciado es la elocuencia, eufemismo de una sabiduría que espera situar el aliento humano por sobre todas las cosas.

 

VIII

 

El escriba se llama Grorge Gross, habitante de la pintura que emigró al grabado, como lo hizo Katie Kolwitz al quedarse con la litografía (país habitado por Toulouse-Lautrec) para denunciar los crímenes de nuestra paradigmática cultura. Artistas hay que se refugian en el grabado, impelidos por la densidad del dibujo.

Intuir un dibujo no termina en matices. El dibujo es el arco que se cumple entre lo nunca visto y la intensidad del blanco. Es la embriagadora tarea de partir el espacio en mil trocitos, medir el área baldía del papel y evocar cuanto se ha vivido; inconsciencia total, el dibujo relata lo entrevisto con el rabillo del ojo, el que ve sin ver.

En el dibujo se nutre la pintura. Como en Leonardo, es maná, negro apretándose en los puntos de extravío, gracias a los que una sonrisa retratada multiplica sus vetas expresivas, hasta sugerir intemporalidad, ironía y transterrenalidad. Picasso dibujó y grabó tanto o más que pintar. Cuevas y Toledo realizan su obra gráfica y plástica como dibujos absolutos, en los que el color, por ejemplo, es mero trámite formal; su dibujo contiene el vigor de un axioma matemático.

Ellos escriben, hieren el ojo del papel o rayan en la piedra litográfica. Los escribas no pueden alejarse de la orilla donde el oleaje negro promete prenda. Llevan su tablilla y su punta en la pupila, a todas partes. Al tirarse de bruces sobre la plancha  aprenden su libertad. Su empeño se torna fiebre, danza contra la muerte, mueven la línea de horizonte, la tensan, y en el contraste estalla el tumulto que llegará a sonar como un grito por los desastres de la guerra, las infames tauromaquias, los líos de la razón que engendra naciones y disparates, historias de una historia imposible y cierta.

El escriba no precisa de refutar la Historia; la nombra con sus despojos. El tiempo es su materia, su poder es el del pensamiento irrefrenable, poder de la imaginación, intransferible, único, milenario, partiendo del principio de que todo individuo es libre. Nada le arredra.

Optimismo cerval, si se quiere, mas razón de ser de un arte tan viejo como el Homo erectus, tan reciente como el antropiode iluminándose en la noche de la razón suficiente, armado de una punta inseparable con la que sostiene su anagrama vital.

La lucidez y la ternura asisten al escriba. De tal manera habita entre nosotros.

 

 

 

GLOSARIO DE TÉRMINOS
 

GRABADO EN RELIEVE
Es el grabado sobre madera, propiamente dicho, al que llamamos xilografía. Se realiza practicando cortes sobre placas de madera de cedro, preferentemente. Su efecto puede lograrse también con la placa de linóleo. La impresión se obtiene a través de la presión de la mano sobre el papel dispuesto en la placa entintada. Lo que la navaja (gubia) no devasta es lo que se imprime. Pueden obtenerse estampas coloridas, considerando que cada color precisa de una placa diferente.
El dibujo se traza al revés, para lograr una imagen fiel al original. El corte a buril tiene líneas más finas que el tallado a cuchilla. La superficie se entinta con un rodillo pesado; se presiona con una cuchara o un baren. Al levantar la hoja se obtiene la copia. Se deja a secar. No ofrece muchas copias.

Litografía
Proceso de impresión a partir de dibujos realizados sobre piedra litográfica (caliza); igualmente, puede realizarse utilizando la matriz de aluminio. La técnica de impresión se basa en la relación agua-aceite. Las tintas son grasas. En 1798 se descubrió en Basilea, Alemania, una clase de piedra porosa que absorbía grasa y aceite. Los diseños sobre piedra, hechos con crayola grasosa, solamente absorben el agua en las partes libres de grasa, lo que permite fijar el diseño con agua acidulada y goma arábiga: la superficie se lava al secar la piedra, y se borra el dibujo trazado con crayola grasa con aguarrás.
Aparentemente, el dibujo se ha borrado y reaparecerá al entintar la piedra con la tinta de impresión. El dibujo retiene la tinta donde hay grasa. Se coloca una hoja de papel sobre la piedra entintada y se hace imprimir en un tórculo especial. Ofrece muchas copias.

 

INTAGLIO
Grabado en hueco o incisión, contrario al grabado en relieve. Se entinta y se imprime el surco, la mordedura.

Aguafuerte
Huecograbado en el que se recubre la plancha con un barniz resistente al ácido (nítrico si la plancha es de zinc y percloruro férrico si la plancha es de cobre), donde se raya con punzón el dibujo para después sumergir la plancha en el baño de ácido, donde se corroen las rayas sin barniz. La profundidad de la línea, su negrura depende del tiempo de inmersión en el ácido. Luego de limpiar la superficie de la plancha (con aguarrás) ésta se entinta y desentrapa; se procede a imprimir en un tórculo, sobre papel humedecido. El papel absorbe la tinta depositada en las ranuras. Ofrece muchas copias.

Aguatinta
Huecograbado que permite crear una gama de tonos. Se cubre la plancha con resina en polvo o esmalte en spray, resistentes a la acción del ácido. Crea una trama granulada. Usualmente se practica asociado al aguafuerte.

Aguatinta al azúcar
Es una técnica que consiste en dibujar una imagen positiva con un medio azucarado que nunca se seca por completo. Cuando el medio está casi seco, se aplica barniz a toda la plancha y se sumerge en agua. El azúcar contenida en las líneas del dibujo hace que se levante el barniz y deje expuesta parte de la plancha para proceder a una aguatinta normal.

Pinta seca
Técnica de grabado en la que se emplea el punzón directo para efectuar el trazo del diseño en el metal (también puede realizarse en placa de acrílico). Las imágenes que se adhieren en la impresión cobran un aspecto aterciopelado.
Buril
Es la técnica gráfica más compleja de realizar, por lo que exige en el dominio del buril, que se aplica directamente en la plancha metálica (cobre). Produce un registro aterciopelado y denso, determinado por la herramienta. Ofrece muchas copias.

Mezotinta

Es la técnica quizá más exquisita en el espectro de la gráfica. Ofrece pocas copias. Se obtiene mediante el grabado completo de la plancha de cobre con la cuna, que es una herramienta muy especial y produce una trama que al imprimir aporta un negro absoluto. Al bruñir alguna partes, ofrece claros en la imagen.

 

 

 

 
     

 

Regresar Arriba

 

C O M E N T A R I O S
 

 

Loading
 
Inicio | Escritores | Guionistas | Poetas | Investigadores | Mercado De Guiones | Prensa | Contacto | Bases | Privacidad | Créditos
 
logos

Manfred Lopez CentroDeCine Centro Cultural Clavijero Conaculta Secum Michoacán

 

(C) 2016

Derechos Reservados.